miércoles, 10 de noviembre de 2010

“De tu carne comeremos, de tu sangre beberemos, tus ojitos sacaremos y con ellos caldo haremos…”


El país horrorizado supo en días pasados que tres niños habían sido asesinados en Arauca, que varias niñas fueron violadas por efectivos de las Fuerzas Armadas y que un menor de 3 años resultó muerto en fuego cruzado. El país escuchó -años atrás- las declaraciones de Daniel Arcila Cardona, testigo de la masacre de Trujillo, Valle, quien luego fue desaparecido. Muchos ciudadanos leímos y escuchamos las confesiones de algunos paramilitares desmovilizados entrenados para asesinar causando el mayor grado de dolor posible a sus víctimas. El mundo perplejo los escucho hablar de motosierras, de descuartizamientos de seres humanos vivos, de la sangre que bebían, de sopletes, varillas incandescentes, de mutilaciones y de infinidad de actos de barbarie convertidos en macabros rituales de sangre y muerte.

Fue entonces cuando nos preguntamos ¿Cómo sucedió todo esto? ¿Cómo una sociedad como la nuestra pudo producir seres humanos capaces de esas atrocidades? ¿Cómo es que dejaron de ser humanos?

Aquella línea que separa al hombre del animal, del más feroz y depredador de todos los animales había sido traspasada. ¿Por qué?

Varios hechos tuvieron que haberse conjugado para que el hombre privilegiara en su accionar a la bestia que dormita en su interior sobre el hombre racional dotado de sentimientos y capacidad para discernir. Hoy no tengo la menor duda de que ese límite fue cruzado, y que muchos ciudadanos fueron obligados, adoctrinados y llevados al extremo de la barbarie, por cuenta de un Estado cómplice y de unas Fuerzas Militares decadentes y enfermas de odio.

Bajo un régimen despiadado, una disciplina férrea y un constante llamado al odio y la destrucción, miles de soldaditos colombianos terminaron convertidos en monstruosos criminales.

¿Un Batallón militar que se llama “Buitres” qué puede enseñar a sus miembros?

Agentes del Estado comprometidos en la violación y asesinato de menores, en la ejecución de civiles inocentes para luego ser presentados como guerrilleros caídos en combate y así recibir bonificaciones y condecoraciones. Soldados torturados por sus superiores; jóvenes ignorantes y maleables que obligados a prestar servicio militar deben enfrentar la lucha por la supervivencia en un ambiente hostil y repetir cantos de animación para el combate que dicen cosas como: Sube, sube guerrillero que en la cima yo te espero/ con granadas y morteros de baja te daremos/ A tus mujeres violaremos y a todos mataremos/ Uno a uno bajaremos/ de tu carne comeremos, de tu sangre beberemos, tus ojitos sacaremos y con ellos caldo haremos/. También deben gritar: "Quiero bañarme en una piscina llenita de sangre, sangre subversiva". Soy hombre de guerra/Mata que Dios perdona".

Sí un joven bachiller es llevado a la fuerza a prestar servicio militar, donde es dotado de armas y uniforme y sus relaciones personales se forjan a partir del miedo y la brutal represión, sí desde que abre los ojos a un nuevo día es objeto de maltratos, agresiones y una feroz disciplina, sí se le obliga a repetir día y noche cantos de odio que claman por vivir experiencias de violencia extrema, ¿qué cosa distinta a la barbarie que protagonizan los llamados ‘héroes de la patria’ podemos esperar?

Esta realidad no puede producir nada distinto a un René Muñoz, a un Rito Alejo del Río, a un Carlos Hernando Medina Camacho, a un Jorge Enrique Mora o a un Iván Ramírez. Nada distinto a pervertidos seres humanos capaces de las peores abyecciones o convertidos en temibles paramilitares.

Porque los cantos de las AUC y sus acciones demostrarían que buena parte de sus comandantes y algunos de sus miembros prestaron servicio militar y recibieron el mismo entrenamiento: Sube, sube guerrillero/ que en la cima yo te espero/ con granadas y morteros/ y de baja te daremos/ a tus hijas violaremos y después las mataremos/

En la confesión de un paramilitar desmovilizado se alcanza a conocer el nivel de demencia, sevicia y criminalidad con el que eran instruidos sus miembros.

“No era fácil llegar al rango de comandante. Para una persona en las AUC, el fin justificaba los medios y, a través de cualquier método, se buscaba lograr una posición superior en el grupo. Por ejemplo, se era capaz de matar a un familiar o a un amigo con el propósito de escalar en la jerarquía. […]Para el ingreso había pruebas extremadamente difíciles, como por ejemplo, desmembrar de 5 a 7 personas a machete.
(cf. Entrevista a ex combatiente de las AUC, 2009. País Libre.)

Por MM

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