miércoles, 3 de noviembre de 2010

“La violencia engendra violencia y la represión engendra venganza” RK


“La violencia engendra violencia y la represión engendra venganza” RK
de Maureén Maya, 01 de octubre de 2010

Hace poco me vi la película “Bobby” de Emilio Estevez. La historia recrea la vida de 22 personas que estuvieron, por una u otra razón, cerca al senador Kennedy en el Hotel Ambassador el día de su asesinato ocurrido el 5 de junio de 1968 en Los Ángeles, California.

Aunque nunca he sentido especial simpatía por la familia Kennedy, a veces me han parecido liberales y progresistas. Sin embargo, mi recuerdo más recurrente sobre esta dinastía, casi real casi maldita, se refería a las tremendas acciones protagonizadas por el gobierno de Jhon F Kennedy, como la guerra de Vietnam, la crisis de los misiles de Cuba, la invasión a Bahía Cochinos o el McCarthysmo en nuevo apogeo, pero también su intervención para lograr la libertad del reverendo Martín Luther King y su obsesión por impulsar la carrera hacia el espacio y la llegada del hombre a la luna. Sus vínculos con la mafia y el escándalo Marilyn Monroe.

La película me pareció curiosa en su planteamiento, y además contaba con un reparto reconocido, entre quienes figuraba Anthony Hopkins, Helen Hunt, Christian Slater, Demi Moore, Elijah Wood, Lindasy Lohan, Harry Belafonte, Sharon Stone, Laurence Fishburne, William H Macy, Joshua Jackson y Martin Sheen entre otros.

Aunque encontré su desarrollo un poco soso, al final de la historia, cuando el Senador yace en el piso de la cocina del Hotel Ambassador, (después de haber recibido varios disparos a quemarropa que le propinara un joven palestino de 22 años) y sus seguidores corren desconcertados, rabiosos, confundidos, sintiendo que de nuevo los violentos les han robado la esperanza y la patria (tan sólo dos meses atrás había sido asesinado Martin Luther King) se escucha la voz en off de Bobby, quien para ese momento se había erigido en activo defensor de la No Violencia y colaborador del Movimiento Afro-Estadounidense por los Derechos Civiles, pronunciando uno de sus últimos discursos.

Lo escuche con atención, lo transcribí, lo critiqué y entendí entonces que los puros de alma son pocos en este mundo, que en casi todos los seres humanos se dan cita el error y el acierto, la verdad y la mentira, la luz y la sombra. Me confirme que el rechazo sólo engendra rechazo y que el sectarismo aborta todo proyecto humano de unión y genuina solidaridad.

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Discurso de Robert Kennedy

Hoy no es un día para la política. Aprovecharé esta oportunidad, mi único acto de hoy para hablarles brevemente de la insensata violencia en América, que de nuevo salpica nuestro país y la vida de todos nosotros. No incumbe a una sola raza; las víctimas de la violencia son negras y blancas, ricas y pobres, jóvenes y viejas, famosas y desconocidas; son sobre todas las cosas seres humanos a los que otros seres humanos querían y necesitaban.

Nadie, viva donde viva, haga lo haga, puede estar seguro de quién será el próximo en sufrir por un acto insensato de derramamiento de sangre, y sin embargo, sigue y sigue, sigue sucediendo en este país nuestro. ¿Por qué? ¿Qué ha conseguido siempre la violencia? ¿Qué ha creado siempre?

Siempre que un americano pone fin a la vida de otro americano innecesariamente ya sea en nombre de la Ley o desafiando la Ley, ya sea contra un hombre o una banda, a sangre fría o con rabia, en un ataque de violencia o respondiendo a la violencia, siempre que se rasgue el manto de una vida que otro ha tejido, torpe y penosamente para él y para sus hijos, siempre que hagamos eso, la nación entera será degradada. Y sin embargo, parecemos tolerar un nivel creciente de violencia, que ignora nuestra común humanidad y nuestras demandas a la civilización.

Demasiadas veces celebramos la arrogancia, el abuso y a los brabucones, demasiado a menudo excusamos a los que quieren construir su vida sobre los sueños destrozados de otros seres humanos. Pero hay una cosa clara: la violencia engendra violencia, la represión engendra venganza, y sólo una limpieza de toda nuestra sociedad, puede arrancar este mal de nuestros corazones. Pues cuando enseñas a un hombre a odiar y a temer a su hermano, cuando le enseñas que es un ser inferior por su color o sus creencias o las normas que sigue, cuando le enseñas que los que son distintos amenazan su libertad, su trabajo o su hogar o su familia, entonces aprende también a enfrentarse a los otros, no como conciudadanos sino como enemigos, recibiéndolos no como cooperantes sino como invasores que subyugan y someten. Al final aprendemos a mirar a nuestros hermanos como extraños; extraños con los que compartimos una ciudad pero no una comunidad, hombres ligados a nosotros en una vivienda común pero no en un esfuerzo común. Sólo aprendemos a compartir un miedo común, sólo un deseo común de alejarse del otro, sólo un impulso común de superar el desacuerdo a través de la fuerza y la violencia.

Nuestra vida en este planeta es demasiado corta y el trabajo por hacer es demasiado grande como para dejar que ese espíritu prospere por más tiempo en esta tierra nuestra. Desde luego no podemos prohibirlo con un plan ni con una resolución, pero quizá podamos recordar, aunque sea por un momento, que aquellos que viven con nosotros, son nuestros hermanos, que comparten con nosotros el mismo corto momento de vida, que sólo buscan, como nosotros, la oportunidad de vivir una vida con bienestar y felicidad, disfrutando lo que la satisfacción y el logro les pueda proporcionar.

Seguramente este vínculo de destino común, seguramente este vínculo de objetivos comunes pueda empezar a enseñarnos algo. Seguramente podremos aprender, por lo menos, a mirar alrededor a aquellos que son nuestros semejantes, y seguramente podremos empezar a trabajar con algo más de entusiasmo y curarnos mutuamente las heridas para convertirnos, otra vez, en hermanos y compatriotas de corazón"

Robert Kennedy (Brookline, Massachussets, 20 de noviembre de 1925 – Hospital Buen Samaritano de Los Ángeles, California, 6 de junio de 1968)

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