miércoles, 3 de noviembre de 2010

SOY DE IZQUIERDA


Los estereotipos de la izquierda

Las personas que militan en la izquierda política no son mejores ni peores que las que no, pero dado el carácter de su ideología, su compromiso con la equidad y la justicia social y su fehaciente labor en defensa de los derechos humanos están llamadas a ser siempre mejores de lo que son.

En está realidad polarizada, en la que todo lo esencial se divide en lo que es y su contrario, y la existencia de todo parece depender justamente de la nada, constantemente y en casi todos los ámbitos del pensamiento humano y la acción social se ha pretendido satanizar al opuesto para restarle legitimidad a su discurso y divinizar el propio. Siempre, una y otra vez, caemos en la necesidad de validar nuestro pensamiento convenciendo a los demás de que nosotros somos portadores de la única verdad verdadera; y además creemos qué esa verdad se debe imponer como un dogma incuestionable. Nuestro discurso es el correcto y es el único en el que se puede sustentar, sin temor al equívoco, la ética, la razón social y nuestros más elevados y esenciales principios humanos y universales. Vivimos inmersos en la eterna dicotomía: a un lado el mal al otro el bien. El demonio y el santo. En el lado contrario están los equivocados, los malos, los que avalan la muerte y el cruel extermino humano; en el lado correcto estamos quienes defendemos y valoramos la vida humana, el heroísmo y la inteligencia divina. El mal se expresa en el contrario, el bien está de nuestro lado; y a la final todos nos creemos los habitantes del virtuosismo y los enviados a salvar y revelar la gran verdad. Sin embargo, la real perversión de esta pulsión ideológica que pretende reafirmar el ser, se oculta en los puritanismos ideológicos y se expresa en la imposibilidad de llevar a la práctica las ideas que con tanto ahínco defendemos.

Cada cual desde su orilla ideológica considera que sus creencias, son las que las mayorías -o las minorías inteligentes, cultas y decentes- deberían aplicar para garantizar un mundo de paz, respeto y real democracia. Las propias ideas que se aprenden en la ideología heredada o se inyectan a través de los genes de la rebeldía, son las únicas que pueden alcanzar la justicia, la equidad, la libertad, el bienestar y el progreso. Por esas ideas se puede entregar todo, incluso la vida misma, pues ellas guardan impecable coherencia con el llamado bien supremo.

Quienes militamos del lado del corazón somos de izquierda. Anhelamos un mundo con justicia social, sin oprimidos ni opresores, con equidad social sin pobres ni ricos, donde todos los seres humanos, sin excepción, tengan derecho a una vivienda digna, salud integral, educación de calidad, trabajos bien remunerados, opciones de desarrollo humano y crecimiento económico, vestido garantizado y buena alimentación. Creemos en la democracia y consideramos que las sociedades prosperas son aquellas que operan en función del ser humano y no del capital o el desarrollo industrial. El hombre siempre debe estar por encima de las cosas y su valor trasciende toda concepción burguesa o capitalista. El humano no es una máquina de producción es un individuo único e irrepetible. Su esencia fundamental es la libertad y la imaginación; por ello la esclavitud se opone tajantemente a su propia naturaleza.

Creemos que ser de izquierda implica tener una actitud decorosa ante la vida, convicciones firmes, carácter justo, alegre y dadivoso, compromiso, formación rigurosa, capacidad de sacrificio, estudio consagrado, generosidad, altruismo y disposición de entrega a las causas sociales. El machismo, el revanchismo, la mediocridad, la corrupción y el despotismo se oponen totalmente a la esencia que da sustento a ésta ideología. Ser de izquierda es comprometerse a ser mejor persona, mejor ciudadano y mejor profesional cada día. Es un esfuerzo permanente que debe expresarse tanto en los ámbitos públicos como en los privados.

Tanto en la derecha como en la izquierda nos nutrimos de estereotipos que nos ayudan a refirmar nuestras convicciones y a rechazar viseralmente las opuestas. Algunas de esas concepciones estereotipadas de la izquierda pueden ser las siguientes:

El hombre de izquierda tiene un gran corazón, el hombre de derecha no tiene ninguno.

El hombre de izquierda que marcha a la guerra lo hace para defender los derechos, la libertad y la tierra de los más desventurados, siempre está del lado del débil, jamás del poderoso. Es insobornable. Sus principios y motivaciones siempre trasciendan el mercantilismo de un mundo dominado por el capital y lo sitúa en lo más elevado de la conciencia humana. Tiene un carácter místico que lo hace valiente pero no temerario, generoso pero no dadivoso y siempre está dispuesto a entregar la vida por sus hermanos: los oprimidos y mancillados que claman desde el miedo y el silencio, libertad. El guerrero de izquierda se asemeja a veces un caballero del medioevo defendiendo doncellas y salvando menesterosos; es la voz del que no tiene voz y en sus batallas actúa como si en él se encarnara la justicia misma. Mantiene un respeto sagrado por todo combatiente, en especial por sus oponentes. Valora y reconoce a su enemigo, nunca lo subestima, y siempre está dispuesto a garantizarle la honra y la dignidad de acuerdo a las normas humanitarias de la guerra cuando se encuentra en estado de indefensión o rendición. El guerrero de izquierda jamás roba ni toma a la mujer del enemigo como botín de guerra, al contrario, es respetuoso de todas las mujeres, es considerado y en todo momento estaría dispuesto a dar la vida por defender lo que es justo, incluso para salvar la vida de sus contrarios o su derecho a enunciar sus propios y equivocados pensamientos. Carece de ambiciones materiales, sólo anhela una vida sencilla, en familia, en comunión con la naturaleza y estar rodeado de otros seres humanos que al igual que él puedan gozar de sus mismos derechos y libertades. La mayor ambición del hombre de izquierda es conocer y revelar la gran verdad, el santo grial de la humanidad, y su mayor conquista siempre es y será la libertad de todos los oprimidos del mundo.

El hombre de izquierda ideal ama la belleza, lo conmueve, pero no sucumbe ante ella. Sabe ser pasional en el amor y el combate pero también mantiene a prueba todo el tiempo su racionalidad y su capacidad intuitiva. Es prudente, caballeroso y aunque sea seductor y coqueto, es leal y fiel. Valora a los seres humanos por lo que son y no por lo que tienen y para todos, sin importar nombre o posición social, tiene un trato justo y respetuoso. No reconoce autoridad distinta a la de sus más altas convicciones y siempre lleva en alto el legado de sus antepasados, muchos de los cuales murieron luchando por un mundo justo y en paz. Es el ideal porque en la realidad se tiende a pensar que el hombre de izquierda es mucho menos que eso. Se piensa que aún cuando sea capaz de enormes sacrificios y grandes heroísmos, es un tipo bohemio, bebedor, infiel, irresponsable, casi siempre machista, obsesivo, a veces vicioso y que está tan alejado de las ambiciones materiales que poco o nada le interesa la situación económica del hogar o la suerte de su familia. Esto no siempre es verdad, y no siempre es mentira.

La mujer de izquierda, en la que se mezcla el ideal y el estereotipo, exhibe las mismas características generales del hombre y la misma fuerza en sus convicciones, pero a diferencia de éste es anárquica, reta al establecimiento, es independiente, le gusta llevar la contraria, despierta pasiones pero no cae fácilmente en ellas. Es indomable, rebelde y todo lo cuestiona. Dotada de una gran conciencia social y de una alta sensibilidad, es de carácter fuerte, a veces dominante, pero también es comprensiva, cariñosa y amable. Es estudiosa, disciplinada, trabajadora, un poco despistada, y siempre tiene sed de nuevos conocimientos. Desprecia las normas sociales, los roles femeninos estereotipados, no usa silicona, tampoco sigue la moda, si llegase a usar maquillaje sería con discreción, no la seducen las joyas, el poder o el dinero, ni le gusta sacar partido de su apariencia física razón por la cual, a no ser que se trate de una misión revolucionaria, no usa escotes ni faldas demasiado cortas. Ama la comodidad y la libertad. No es creyente pero es altamente espiritual. Suele ser dura consigo misma, la enfurecen sus propios errores o caer presa de su ingenuidad. No gusta de los excesos ni de los vicios porque ve en ellos las cadenas de la esclavitud. En un plano más real, se tiende a creer que la mujer de izquierda es desorganizada, rebelde con o sin causa y descuidada con los hijos y con el hogar. Más que sostener una familia, se siente llamada a trabajar por las causas sociales, a luchar contra las injusticias, a subvertir el orden imperante y a retar toda forma de opresión y esclavitud.

Jesús, William Wallace, Robin Hood, el rey Arturo, Carlos Pizarro, Carlos Marx, Luis Carlos Prestes, entre otros, fueron de izquierda. Iván Cepeda es de izquierda. También Juana de Arco, Manuelita Sáenz, Manuela Beltrán, Antonia Santos, María Cano, Betzabé Espinoza, Deborah Arango, María Mercedes Araujo, Tamara Bunker, entre otras más.

Sin ir muy lejos o quizás sí, diríamos también que los ángeles son de izquierda y los santos de derecha, que los abuelos indígenas que vencen la vida y la muerte y sanan el alma enferma de las personas porque conocen los misterios del cosmos son de izquierda. Si los animales tuvieran cabida en nuestra fragmentación, -ellos tienen las propias- diríamos que un perro Golden Retriever es de izquierda y un Doberman es de derecha. El chulo sería de derecha y una paloma de izquierda, un águila sería de izquierda y una serpiente de derecha. La hiena sería de derecha y el venado de izquierda…. El caballo, el búho, el oso panda o de anteojos, el conejo y el unicornio serían de izquierda. En un mundo mágico diríamos que las hadas son de izquierda y los duendes de derecha.

No hay duda entonces, de que está concepción idealizada de la izquierda política tiene mucho que ver con el concepto del hombre nuevo, el cuál sería el resultado de la revolución del proletariado. El hombre nuevo sería capaz de entregarlo todo, incluso la misma vida, por el bienestar de los demás, por una nueva sociedad. Y en esta creencia se soportaba el triunfo del comunismo en el continente americano.
Sin embargo, aún cuando fueron muchos los seres humanos que aceptaron el sacrificio en defensa del socialismo, y dieron muestra de templanza, generosidad, altruismo y sobre todo de una voluntad inquebrantable, no estuvieron exentos de caer en las mismas trampas que devoran a la humanidad. En el mismo egoísmo que según Fidel Castro, es condición natural a causa de los instintos. “La educación impone las virtudes”

Tal vez quien primero habló del hombre nuevo fue San Agustín, uno de los pocos santos bienvenidos al comunismo, pero evidentemente fue Ernesto “Che” Guevara, quien mejor encarnó y personifico este concepto. Varias veces repitió que uno de los principales objetivos del marxismo, en el ámbito personal y social, era erradicar el interés y el lucro. El sacrificio es fundamental en la educación comunista, afirmaba consciente de que en ello se sustentaba la moral del comunismo.

Lo opuesto a la izquierda es la derecha; luz y tinieblas se debaten en esta dicotomía, tanto los unos como los otros observan a sus contrarios sucumbir en las sombras de la ignorancia, el miedo y el fanatismo. La luz sólo está con los hombres justos, y está siempre oscila de un lado a otro, permaneciendo en el sitio correcto según los ojos que la puedan advertir.

Ubicados al lado del corazón, afirmarnos que los hombres de derecha son tan pusilánimes como Caifás, decadentes como cualquier emperador romano o tan cobardes como los más grandes cobardes la historia, como por ejemplo Pompeyo, quien después de intrigar contra César en el Senado huyó a Grecia para salvar su pellejo. Hitler para escapar del juicio mundial que le esperaba por sus crímenes atroces se suicidó y Lord Jim, el personaje de la novela de Joseph Conrad, abandonó el Patna, dejando a merced de la tormenta a los 800 peregrinos que habían confiado en él. O para hablar de un cobarde más familiar, podemos referirnos al ex presidente Belisario Betancur quien para sostenerse en el poder permitió la masacre del Palacio de Justicia, el asesinato de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia a mano de soldados colombianos y un golpe militar transitorio que terminó con la desaparición de varios civiles bajo tortura y la ruptura definitiva de la frágil confianza que podía existir entre gobierno y gobernados.

El rebaño de la derecha es tan ciego, engreído y sumiso como cualquier adepto a la cienciología y sus líderes son tan maquiavélicamente brillantes como el mismo Maquiavelo, Wagner o Nitzsche.

La derecha defiende por tradición al establecimiento, el sistema capitalista y la estratificación social. Considera que la pobreza debe existir, así como la mano de obra barata y el orden establecido de patrón y siervo. De posiciones conservadoras y capitalistas defiende las instituciones, avala la disciplina y la propiedad privada. Todo es valido con tal de defender la patria, para lo cual se suele recurrir a la exacerbación de un nacionalismo impúdico. La derecha es amiga de los tratados de libre comercio, TLC, de la explotación salvaje, cree en la ley del más fuerte y en las jerarquías sociales. Respeta los roles sociales establecidos y no cree en la igualdad de genero.

Si bien defiende -y sus concepciones tienen buena parte de sustento en ello- la noción de soberanía nacional, la aplica sólo cuando le conviene, pues avala sin rubor el intervencionismo de las potencias en países en vías de desarrollo o incluso pueden aplaudir la propia entrega de la defendida “patria” si a cambio de ello recibe beneficios económicos o ascensos en el poder. Justifica el crimen, el imperialismo y la injerencia militar o el derecho de los poderosos a invadir otra nación. Considera necesaria e inevitable la violación de los derechos humanos y las muertes violentas de todo aquel que amenace la consolidación de su propio plan o la vigencia del régimen que favorece sus intereses mezquinos. Cree firmemente en la aplicación de la tortura y defiende la pena de muerte. Condena la dosis personal o la legalización de la marihuana y cree en la lucha militar con apoyo extranjero y las fumigaciones con glifosato para erradicar la siembra de coca.

La libertad a su entender es relativa y siempre debe estar condicionada al bienestar de la sociedad, bienestar que sólo se puede garantizar con el sostenimiento de la tradición y la exclusión política y social de las mayorías. Los inferiores nunca podrán gobernar.

Considera que la nación es el único referente identitario en una comunidad política y que la familia es la piedra angular de la sociedad. Se rige por los conceptos de tradición, familia y propiedad privada. El Estado es la máxima consolidación humana en la vida colectiva. El Leviatán es invencible y todo poderoso.

Cree que sólo a través de la defensa y vigencia de la propiedad y el orden institucional, es posible garantizar el desarrollo y el progreso de un país. No cree en los consensos o las salidas negociadas, pues siempre la razón se debe imponer, incluso por la fuerza. Defiende la moral pública, los impuestos, los valores tradicionales y la libertad de consumo de acuerdo al desarrollo capitalista que cada individuo logre conquistar. Los hombres no son iguales, los hay superiores e inferiores, y ello también se relaciona con la raza. En la posición más baja de la pirámide social estarían los indígenas y los negros. Las minorías raciales existen para demostrar que efectivamente hay razas superiores e inferiores.

Los hombres de derecha insisten en la necesidad de conservar a toda costa las ideas y sistemas que resultan útiles a la “patria” y en la urgencia de combatir todo concepto disidente a los regimenes presentes, así sea a través del asesinato político. El fin justifica los medios y siempre debe primar la supremacía del Estado, el bien más elevado según sus intereses, lo que permite en determinadas circunstancias sacrificar a algunos siervos o incluso “amigos” para garantizar el bienestar de las mayorías. Para la supervivencia de la especie humana considera de suma importancia la preservación de los valores y la moral cristianas; más no la preservación de la vida.

Tiende a sobrevalorar la tradición, sobre todo cuando ésta se ajusta a su visión cerrada y excluyente de la sociedad. Teme a las revoluciones o al levantamiento de los oprimidos, por eso constantemente está ideando alternativas de represión y control social bajo muchas fachadas. “El rebaño desconcertado nunca acaba de estar debidamente domesticado: es una batalla permanente”.

Para la derecha, el pueblo -el vulgo, la masa, aunque sea despreciado y visto como una sumatoria de seres reducidos e infelices sin identidad ni criterio- debe ser hábilmente manipulado y sus miembros deben ser aislados unos de otros frenando a como dé lugar todo proceso organizativo. Noam Chomski lo explica muy bien: “Es absolutamente necesario evitar las asociaciones. De aquí el individualismo. Hay que hacer que conserven un miedo permanente, porque a menos que estén debidamente atemorizados por todos los posibles males que pueden destruirles, desde dentro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso…”

Miltón Fridman encarna el ideal y la perfección de la derecha.

La derecha prefiere que se mantenga todo en el mismo orden de siempre porque los cambios son peligrosos y desestabilizadores. El poder siempre debe estar concentrado en unas solas manos, las que por derecho y por superioridad nacieron para detentarlo. La búsqueda de la verdad no es su aspiracional, pues es claro que sólo existe una sola verdad, la cual ya les fue revelada. La verdad no tiene nada que ver con la razón, sino con la autoridad.

Uno de los grandes gurús de la derecha es Adam Smith y al igual que él, los hombres de derecha consideran que el principal el motor de la economía y el progreso social es el individualismo. Sólo la búsqueda de beneficio propio puede motivar al trabajador.

Las desigualdades sociales son inevitables; existen porque los hombres no son iguales unos a otros, hay quienes nacen con mayores habilidades, dotados de razón e inteligencia, mientras que hay otros que nacen para obedecer y cumplir funciones mecánicas que no demanden creatividad, ni la formulación de pensamientos originales ni siquiera de raciocinio. Hay hombres que nacen ricos y otros que nacen pobres, es ley natural. Además esta realidad funciona bien para el sostenimiento de la sociedad, pues en la medida que una masa bruta, analfabeta e ignorante se mantenga tal cual, será más fácil de explotar, reprimir y someter. Hay otros hombres que nacen para crear capital, para ser propietarios, para garantizar la rentabilidad del capital que a través de sus inversiones sostienen la vida económica de un país, y con ello el desarrollo garantizando progreso nacional.

Las políticas agrarias del gobierno Uribe confirman esta tesis. Uno de sus mayores defensores, y ejemplar clásico de la derecha es el controvertido Fernando Londoño, quien explica muy bien las razones tras la asignación arbitraria de los recursos de Agro Ingreso a los dueños del capital: ¿Acaso es negativo otorgar incentivos a los ricos, a la gente pudiente y empresarios en condiciones de generar riqueza? “El plan Marshal se hizo para reconstruir Europa y dar oportunidades productivas a Europa, ¿los beneficios a donde llegaron?, a los grandes empresarios europeos que habían visto destruidas sus fabricas, disminuida su capacidad de producción, en fin había que restituirlos en su condición productiva afectada duramente por la guerra. ¿Se les dieron esos subsidios a los pobres? NO, se le dieron a los ricos y se salvó a Europa y al mundo con el Plan Marshall…”

Las relaciones humanas y sociales dentro de la concepción de derecha se sustentan en la producción y el constante flujo e intercambio de bienes y servicios que obedecen a las normas del comercio y a los precios y estándares de los mercados. El matrimonio es un negocio, que en el mejor de los casos, podría dejar importante réditos comerciales, sociales y de capital.

Generalmente integran a la iglesia con el Estado como un matrimonio indisoluble. Defienden el clero, acuden a misa cuando les sobra tiempo o cuando se justifica porque se trata de un hecho noticioso, pero en la realidad no son practicantes ni han pensado jamás en seguir el ejemplo de Jesús o renunciar a sus riquezas.

Hombres de derecha han sido Jean Marie Le Pen, Adolfo Hitler, Augusto Pinochet, George Bush, Jorge Rafael Videla, Rafael Leónidas Trujillo, Fulgencio Batista, Hugo Banzer Suárez, Alfredo Stroessner, Anastasio Somoza, Francois Duvalier, Getulio Vargas y todos los sanguinarios dictadores de América Latina que sembraron el terror, la muerte y la desolación. Por supuesto no podrían faltar: “El monstruo” Laureano Gómez, Mariano Ospina Pérez, Belisario Betancur, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe, Fernando Londoño, José Obdulio Gaviria, Ernesto Yamhure, Salvador Arana, Luís Camilo Osorio, Jorge Noguera, Carlos Olguín Sardi, Plinio Apuleyo etc… mejor dicho y para no alargarnos, buena parte de la plana ministerial de los últimos 35 gobiernos colombianos, incluidos sus presidentes, la casi totalidad de la dirigencia política y empresarial del país y el cartel de la diplomacia nacional. Muchos de ellos, cierto es y hay que reconocerlo, son apenas embriones de derecha; pues militan allí sin mayor reflexión, sólo los guía el hambre de poder y la vanidad, como en el caso del ex ministro Arias.

La derecha estereotipada vista desde afuera, también posee ciertas características:
Los hombres de derecha son implacables, son seres despiadados que dan la vida por el lujo y el confort personal, son mezquinos, intolerantes, desprecian al ser humano y lo miden de acuerdo a los resultados que en términos capitalistas logre producir. La derecha tiene su Dios en la tierra y éste se llama capital; promueve el consumismo inconsciente, desprecia lo esencial y observa a la naturaleza como un bien de consumo que se debe explotar y dominar. El hombre de derecha es machista, frío, calculador, ambicioso, impúdico, tiene doble moral, justifica la violencia y el crimen, cree que las leyes y las normas son relativas y que así mismo debe ser la aplicación de la justicia. Es dominante, exigente, autoritario, represivo, egoísta, violento, corrupto, carece de escrúpulos y cree que todo se puede comprar pues no existe nada en el mundo que no tenga precio. Es buen cliente de los prostíbulos, aunque siente un profundo asco por las putas, por más finas que éstas sean. Suele caer en situaciones de acoso sexual, es chantajista, manipulador, odia la debilidad y siempre tiene la razón. El poder es un estadio que le permite tener servidumbre, venías, esclavos, satisfacer sus caprichos y acceder a todo lo que le antoja sin importar de quien sea o lo que deba pagar o hacer para obtenerlo.

La mujer de derecha exhibe las mismas características pero suele se más despiadada especialmente con otras mujeres, pues casi todas, aunque no estén a su altura, son sus rivales. Es vanidosa, materialista, infiel, coqueta, consumista, inconstante, depresiva, de nervios alterados, gritona, rígida, suele confesarse con regularidad y aunque no pone atención en las misas acude sagradamente a la iglesia cada semana. Se siente superior a los demás mortales, mira con desprecio a los más débiles, le cuesta reconocer virtudes en otras mujeres o admirar la belleza en alguien que no sea ella misma o su hermana aunque en el fondo ésta nunca deja de ser también su rival. La mujer de derecha apela a lo que sea por sostener su comodidad, incluso puede tranzar con sicarios o recurrir a las prácticas de magia negra o brujería. Es hipócrita, caprichosa, irracional, voraz, depredadora, fabuladora, engreída, envidiosa, ambiciosa, calumniadora e insensata. También es presumida, arrogante, conflictiva, aburrida, poco creativa, tiene muchos complejos que esconde en su altivez y agresividad, es cínica y mentirosa, y suele ser muy mala mamá, mala compañera y mala amiga. Es insegura e inestable, suele caer en excesos y pocas veces es dada a la lectura o al cultivo intelectual. Nunca se interesa por nadie que no sea ella misma, aunque nunca se anima a descubrirse totalmente ni intenta fortalecer sus talentos innatos; cree que lo merece todo y que quienes la rodean la deben adorar, servir y obedecer. Tiene ínfulas de princesa, nunca acepta un no a sus demandas y sus vástagos siempre serán superiores a los demás. Su arma preferida es la traición. Sabe fingir y suele ganarse la confianza de los demás convirtiéndose en confidente de otros para luego ser infidente empleando todo lo que se le ha confiado como arma de combate. Es implacable con sus enemigos; no tiene amigos sólo comparte intereses y proyectos de beneficio personal. Puede emplear fallidos intentos de suicidio como arma de control y manipulación, y en el fondo padece de violentas turbulencias emocionales. Es capaz de inventar embarazos para retener a un hombre a su lado, de fingir secuestros o enfermedades. Es holgazana, tirana, déspota, intrigante y tramposa. Sólo valora los objetos costosos y jamás se involucraría, al menos no seriamente, con un hombre inferior a ella en la escala social. Nunca asume la responsabilidad por sus acciones, siempre culpa a los demás de sus propios errores, es rencorosa, no sabe perdonar ni olvidar las ofensas recibidas, es insaciable en la venganza y todo lo resuelve con ojo por ojo, diente por diente, aunque si puede obtener más de lo perdido no dejará pasar la oportunidad. Su refrán favorito: es del ahogado el sombrero.

La mujer de derecha es mala, perversa y cruel. Está más que claro.

El Problema: ¿Para qué está reflexión?

“Diversas patologías afectan al pensamiento moderno: la hiper-simplificación que ciega al espíritu a la complejidad de lo real; el idealismo, donde la idea oculta a la realidad que pretende traducir; el dogmatismo que encierra a la teoría en sí misma, la racionalización que encierra lo real en un sistema coherente. Estas cegueras son parte de nuestra barbarie. Estamos siempre en la prehistoria del espíritu humano. Sólo el pensamiento complejo nos permitirá civilizar nuestro conocimiento" “SOBRE LA COMPLEJIDAD EN TORNO A EDGAR MORIN” de Juan Carlos Villanueva Pascual

Exposiciones y apreciaciones con sustento real o netamente imaginativo, pero totalmente cegadas y prejuiciosas nos alejan de la posibilidad de construir un modelo social incluyente y participativo con reales opciones de progreso y bienestar para todos; nos impide valorar opciones distintas que se producen lejos del alcance de nuestra militancia o nuestras ideas cortas.

Para la derecha la pobreza debe existir para que pueda existir la riqueza. Para la izquierda la pobreza es un mal social que debe ser erradicado. Lo último reafirma la ética humana, lo primero se opone tajantemente de ella ¿Que media entre las orillas? La concepción ética y el sustento filosófico con los que podamos asumir nuestro propio proceso humano y social. Desideologizar los valores, defender lo esencial y todo aquello con lo que instintivamente comulga nuestra alma y nos eleva como individuos. Pensarnos de manera más amplia.

La derecha es egoísta y carece de escrúpulos. La izquierda pretende ahogar la libertad y anular los logros individuales. La derecha es mezquina, la izquierda es anárquica. La derecha condena la cultura aborigen y habla de la coca como un cultivo ilícito, la izquierda reconoce su valor cultural y medicinal y se refiere a ella como la planta sagrada de uso ilícito. Para la derecha la naturaleza es una bestia que se debe dominar, para la izquierda es una madre que se debe cuidar con devoción. Un genuino hombre de izquierda está siempre con los débiles, un hombre de derecha con los poderosos.

Esta reflexión, puede parecer cómica, quizás extensa y cargada de adjetivos, pero surge a raíz de un comentario que escuche hace algún tiempo. Sin embargo, quizás lo sorprendente no haya sido el comentario en sí, sino mi reacción inmediata. Alguien afirmó que un compañero de izquierda, firme militante del partido, habría incurrido en acoso, al tratar de obtener un supuesto favor sexual de una compañera necesitada a cambio de garantizarle un buen puesto en alguna organización. De inmediato descalifique el suceso y di por sentado que eso no pudo ocurrir de ninguna manera, que tendría que ser un mal entendido, una confusión. Ante lo que parecían evidencias concretas, declaré entonces: Ese hombre no es de izquierda.

¿Por qué? Porque siempre he pensado, sintonizada con la polarización excluyente, lo reconozco, que ser de izquierda demanda de unos elevados principios éticos y concepciones filosóficas. Una persona de izquierda por naturaleza ideológica debe ser recta, justa, correcta, generosa, altruista, bondadosa, honrada, decente y sobre todo exigente consigo misma y muy estudiosa.

Olvide que independiente de la ideología que se profese, el ser humano obedece a leyes naturales y que su comportamiento está regulado no sólo por unas normas sociales, sino también por una educación, una herencia genética y las experiencias que se producen en su entorno inmediato, o las que va acumulando a lo largo de su existencia. Sin embargo, sigo pensando que la bandera por excelencia de la izquierda es el humanismo, es la conciencia ética que nos lleva siempre a asumir una posición clara de repudio a todo acto que lacere nuestra conciencia y a favor de toda expresión de vida y libertad. No hablo de los extremismos ideológicos que se expresan en la lucha a muerte en campos de batalla o en intentos fallidos de domesticación global, hablo de la guerra extremista que se da entre ideas y creencias, mitos y acontecimientos. Como militante de izquierda entiendo que nuestro deber primordial no es diferente al que se nos asigna al nacer, que no es otro que el de proteger, defender y garantizar la vida en igualdad para todos; aportar a la construcción de un mundo mejor al que nos ha correspondido vivir y asegurar una existencia de decoro, justicia y dignidad para todos los seres humanos sin diferencia alguna.

Cuando pienso que un gobernante de izquierda tiene que ser ejemplarmente transparente y correcto y en contraposición observo cómo algunos de ellos incurren en la corrupción, que reproducen a la perfección los vicios excluyentes de la oligarquía o de la derecha siempre detentora del poder en Colombia, que son burócratas y que abusan de su poder, pienso indefectiblemente que aún cuando se proclamen de izquierda su esencia es de derecha. En la izquierda genuina no puede tener cabida el autoritarismo, el desprecio a la clase trabajadora, el maltrato, la arrogancia, la corrupción, ni la exclusión política ni social; incluso bajo un mandato de izquierda se esperaría que el gobernante de turno, invitara a la oposición a construir país y a deponer los odios; y que bogara por la unidad nacional partiendo del hecho de que la justicia y los principios morales no se negocian y que la diversidad siempre enriquece tanto a los individuos como a las sociedades.

Increíblemente, incluso tratándose de asuntos políticos o que dependen de la contundencia argumentativa de hechos y procesos históricos con sustentos sociológicos, sobreviven los idealismos románticos. Una visión parcializada que trasciende todo raciocinio y que nos lleva a asumir posiciones visearles en defensa de la racionalidad y coherencia de nuestros argumentos y a rechazar de plano los contrarios. Desde el delirio, exceso de análisis, pretendemos defender la razón de las ideologías. Siempre ha sido así; y tal parece que ni el desarrollo científico alcanzado -en medicina, ciencia, informática y comunicaciones- ni la perspectiva de afianzamiento de nuestros instrumentos democráticos dando sustento a un Estado Social de Derecho, lograremos controlar la injerencia de nuestras emociones o el fantaseo infantil de mundos imaginarios en los que viven princesas hermosas, castas y puras, príncipes valientes y brujas despiadadas. Los malos son malos y muy malos; los buenos son extremadamente buenos; no existen las tonalidades medias.

Ante esta perspectiva, necia y extremista, necia por lo extremista y extremistamente necia, urge superar la visión bipolar de un mundo chato y reducido que se divide en luz y oscuridad, bien y mal, y dónde todo se politiza. ¡Hasta a los derechos humanos se les enrostra bandera política, y al hambre también!. Es necesario renunciar a la mitificación y la divinización humana de nuestra voz y a la satanización de los contrarios; el ser humano es uno solo y aunque se exprese de múltiples formas está llamado siempre a vencer sus propios obstáculos y aquellos que se imponen en razón de las fragmentaciones sociales a las que apelamos indefectiblemente y de las que hacemos parte también.

La respuesta que buscamos tal vez se encuentre en la filosofía y quizás sólo la podamos comprender cuando nos atrevamos a matar a nuestros dioses y a sacrificar en el altar de las despedidas los puritanismos ideológicos.

Perspectiva de futuro

“La pureza de los principios, no solamente tolera sino que, más aún, necesita de las violencias -afirmaba el filósofo francés Merleau Ponty- Hay, pues, una mistificación liberal. Consideradas en la vida y en la historia, las ideas liberales forman sistema con esas violencias, constituyendo, como decía Marx, su "pundonor espiritualista", el "complemento solemne", la "razón general de consolación y de justificación"

“Sea cual fuere la filosofía que se profese, y aun si es teológica, una sociedad no es el templo de los valores-ídolos que figuran al frente de sus monumentos o en sus textos constitucionales; una sociedad vale lo que valen en ella las relaciones del nombre con el hombre”.

Por tanto, la cuestión no es solamente saber qué piensan la izquierda o la derecha, para no hablar ya de liberales y conservadores o comunistas y fascistas, sino constatar que en efecto son capaces de llevar a la realidad tanto desde el ejercicio de poder como desde la oposición política, sus propios planteamientos. La pureza de los principios no absuelve a los partidos ni a las ideologías; al contrario, los condena si se comprueba que éstos no existen en la práctica. Y esa es justamente la condena más dura y definitiva que confronta la izquierda colombiana. La derecha en cambio, ha sido mucho más efectiva y coherente en la aplicación social y económica de sus postulados, aunque desconoce la esencia humana tras ellos y por supuesto, su compromiso de defender la vida, libertades y honra de las personas.

Los problemas que enfrenta la humanidad contemporánea, que por supuesto trascienden las crisis de las ideologías, nos obliga a reconsiderar las bases de la concepción y la moralidad humana. Desde mediados del siglo XX se habla de la ramificación de la ética, siento ésta UNA por excelencia, y desde entonces nos referimos a la ética ambiental, la bioética o a la ética ligada a las diversas disciplinas. Sin embargo, el sentido más elemental de ello y de toda apuesta novedosa en torno a la reconstrucción del pensamiento humano y su ejercicio social y colectivo, es el de reafirmar una noción de seguridad capaz de responder a la escalada de nuestros temores. Y a eso justamente juegan nuestros tiranos: a crear crisis que ellos con represión pueden conjurar. Nos ofrecen el deleite de una falsa seguridad que nos hace dependientes, manipulables y anula toda forma de interacción interna; ya no hace falta buscar adentro lo que afuera ha sido garantizado; pero no hay tal: a más seguridad depositemos en un tercero, más frágiles nos hacemos y contrariamente, reafirmamos aún más nuestra inseguridad. Es un círculo vicioso del que los poderosos se saben lucrar.

Autonomía, seguridad y desarrollo integral debieran ser las bases desde las cuales se pudiera emprender la aventura vivir una vida rica en desafíos, no así, vivimos llamados por una lógica reduccionista según la cual el peligro acecha y la seguridad la garantizan otros. Poco a poco empezamos a evadir nuestra principal responsabilidad. Ya no es posible descubrirnos o habitarnos completamente cuando somos incapaces de entender que siendo nosotros nuestro principal objeto de estudio, no podemos ignorar nuestro contexto, antecedentes y un posible devenir. Claramente nuestra naturaleza no es el autismo.

Trascender el pensamiento reduccionista y simplista que nos anula, exige empezar a pensar la experiencia humana como una realidad mucho más profunda y diversa de lo que queremos ver. Necesitamos desarrollar una obligatoria curiosidad intelectual y una pasión ética por la vida; recuperar nuestra capacidad de asombro ante los misterios que muchas veces en silencio nos rodean, y asumir la tarea de viajar hacia nosotros mismos. La ética es neutral y el ser humano es multifacético. Descubrirlo no sólo es una responsabilidad personal, es también una forma de garantizar nuestra existencia y escribir nuestro destino, no desde las tinieblas de la ignorancia, la luz incandescente de lo sobrenatural sino desde nuestras propias y reales posibilidades.

La mente humana, además de generar ideas y obedecer a ellas, también está regulada por las tradiciones familiares, sociales, culturales, étnicas, y genéricas. El mundo está integrado por seres biológicos y también culturales. No lo podemos desconocer.

Ningún ser humano se creería capaz de cometer actos execrables a la conciencia humana, de actuar con perversión o malignidad; pues desde antes del primer recuerdo empezamos a ser controlados, ajustados a los moldes sociales, sea cual fuere el entono y los valores culturales de éste; y es así como logramos ahogar nuestros instintos animales o criminales, pero siempre es posible que situaciones extremas agoten nuestra defensas y cometamos actos inconfesables. Todo es posible y el ser humano nunca dejará de sorprendernos.

Un criminal, un hombre corrupto, acosador sexual, autoritario o mezquino no lo es porque su ideología sea de derecha, y tampoco es inmune a todo ello por ser de izquierda. No obstante, en los segundos si existe la exigencia moral y ética que impone su ideología, pues ella se basa en una alta dosis de humanismo, y quien siendo izquierda lo niegue, traiciona su propio discurso y se anula así mismo.

Todo ser humano, sin importar su ideología, puede ser capaz de acciones de conmovedora belleza, de generosidad y servicio a sus congéneres, pero también es capaz de las peores acciones. Sólo media para el alcance de nuestras acciones la capacidad analítica y reflexiva que se posea, la intensidad y firmeza de las más elevadas y altruistas convicciones que nos animan, las enseñanzas aprehendidas, el nivel intelectual y espiritual en igual medida, el cáliz del alma y el sentido que se le asigne al propio existir.

Dostoievsky desahuciaba al hombre desde antes de nacer: el hombre por naturaleza siempre está abocado al mal, al egoísmo y a la inconsciente depredación. Los actos de bondad son el resultado de imposiciones sociales y del autocontrol. Sin duda alguna la naturaleza nos rige pero también es cierto que la sociedad deforma la esencia del hombre. Dios y Diablo son uno sólo y siempre habla el más fuerte. Tal como sucede afuera sucede adentro; día y noche: la luz puede enceguecer y el sol quemar; la oscura noche trae descanso y también estrellas. El asesino más despiadado y brutal puede realizar un gran sacrificio de amor por su hijo, el hombre más justo puede en algún momento ser doblegado por la cobardía y traicionar lo esencial.

La búsqueda del sentido humano -exprésese en política, arte, trabajo social o cualquiera otra rama del conocimiento- implica un fecundo trabajo interior; abordarnos a nosotros mismos con cuidado, exigencia y paciencia para ser mejores personas cada día; es decir menos presas de nuestro nombre y más parte de la humanidad, menos esclavos de nuestras limitantes y debilidades y más libres de nosotros mismos y los demás. Más unidad y menos fragmentación.

Miedo y ambición, la dualidad de vestido espiritual. Ambicionamos el paraíso y tememos al infierno. Queremos lo sencillo, el orden y la armonía pero vivimos en constante desequilibrio fluctuando todo el tiempo entre caos y armonía, dicha y desdicha, anhelando las cosas fáciles, condenando la dificultad y los obstáculos y evitando las complejidades de la vida. Quizás, como lo afirma el filósofo francés Edgar Morín, el pensamiento complejo no es aquél que evita o suprime el desafío, sino aquél que ayuda a revelarlo e incluso, tal vez, a superarlo.

Las relaciones humanas suelen ser complejas, pero ¿quién se pudiera negar a ellas? Para conocer y juzgar una sociedad es preciso conocer los seres humanos que la conforman, los lazos humanos que la sostienen, sus formas productivas, su sistema religioso y jurídico, pero también sus maneras de amar, vivir, sentir y morir.

El desafío de la humanidad es el mismo que hoy enfrenta la izquierda política. Dejar ser a los demás y empezar a ser en el plano de la realidad social. La teoría como bien enseña Gramsci necesita de la acción política; y en ese sentido, la izquierda necesita reafirmar en la práctica y desde la acción revolucionaria -constante y cambiante- sus postulados para superar las contradicciones filosóficas que no pueden ser resueltas en el plano del pensamiento especulativo, pero sí en el ejercicio cotidiano de formular una nueva sociedad.

Toda discusión seria sobre las ideologías debe partir de hechos fácticos, del ejercicio y su capacidad de afectar la realidad social de los hombres. No es sobre el terreno de los principios que se debe desarrollar la discusión, sino sobre el de las relaciones humanas.

¿Qué ideología será entonces capaz de resolver los más apremiantes problemas y angustias humanas para al fin poder formular unas sanas relaciones entre los hombres donde medie el dialogo, la solidaridad y el bien común?

Creo que ninguna podría hacerlo porque a cada cual le asiste la urgencia primera de revalidar en la practica sus pensamientos excluyentes y divisionistas por naturaleza. Sólo nos queda por tanto una alternativa, una capaz de trascender la fragmentación y convocar la unidad sin banderas ni discursos, de reconocer la importancia de los procesos en la historia y de hacernos capitular ante las inevitables contradicciones de la vida humana. Impulsar una verdadera rebelión moral.

El camino es el ser humano y el objetivo es la ética universal. Nuestra bandera es la esperanza, la esperanza pese a todo.

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